No todos podrían hacerlo con el vigor que muestra la Acción Democrática de hoy, estelar partido de oposición que ganó las cuatro únicas gobernaciones democráticas del país. ¡Los cuatro reyes de la baraja son adecos! El partido de Rómulo Betancourt, ha sobrevivido a unas cuantas divisiones a través del tiempo, que no pudieron limitar su vocación histórica, tampoco el empeño de Hugo Chávez en sus momentos más encumbrados logró exterminarlo, como era su escabroso sueño, convertido en irrealizable. Estuvo a punto de salirse con la suya luego de la catástrofe electoral de diciembre de 1998, que casi lo borró del mapa electoral, cuando a duras penas pudo llegar a los 500 mil votos, al borde del precipicio y con una espada en la nuca empujándolo a una caída final.
Acción Democrática supo aprovechar los limitados resquicios que dejó la peste roja, logró sobrevivir, no morir en una terapia intensiva no exenta de veneno, y finalmente pudo versionarse en Ave Fénix.
En Nueva Esparta, Tobías Bolívar y un puñado de adecos se auto impusieron la compleja misión de resistir, levantar y reconstruir a la malograda organización política en esos tiempos tan difíciles de inconsecuencias e incomprensiones, en el que no pocos extraviaron el espíritu de solidaridad y prefirieron el pilatesco alejamiento “estratégico”, la comodidad de bajar los brazos, sentarse en la barrera “a ver qué pasaba”.
En esos momentos aciagos, varias veces me tocó visitar la sede de AD en función de mis actividades radiales; solo encontraba a Tobías y su secretaria en una oficinita en la planta de arriba, y a la señora de la limpieza, la de la amable sonrisa que jamás perdía a pesar de las penosas circunstancias. Tres personas, siempre las mismas, más uno que otro que llegaba de vez en cuando sin permanecer mucho. Panorama desolador.
Saliendo un día de allí viví un episodio sobrecogedor. Dos personas que venían de la calle se me acercaron; gente humilde, carupaneros, obreros de una construcción de las cercanías. “Señor, buenos días, queremos inscribirnos en AD. ¿Cómo hacemos?” Lo de estos seres me pareció de realismo mágico, sorprendente. ¿Cómo era posible que hubiese gente dispuesta a inscribirse en un partido desahuciado que vivía su peor momento? Eran tiempos que la inercia política y el oportunismo llevaba a muchísimos a apuntarse por el MVR.
Ver a estos dos valientes seres nadar contra la corriente me pareció un acto casi de heroicidad. Ese día, estos dos nuevos militantes que ingresaron a las filas adecas, sin proponérselo, encendieron la llama de la esperanza en una organización que vivía sus momentos más oscuros.
El suceso, tan anecdótico como insólito, lo asumí premonitorio, y tuve la certeza que cosas como estas no es producto de la casualidad, sino que presagiaban larga y fructífera vida para la organización que se resistía a fenecer. A casi veinte años de ese hecho, el tiempo pareciera otorgar la razón.
Gracias a los que se atrevieron, Acción Democrática es hoy el gran activo que representa para la democracia venezolana. Rojo no mata blanco, puede herirlo, joderlo bastante, pero matarlo jamás; allí está la historia viva. Los adecos son como la versión vernácula de John Mc Clane, aquel inextinguible personaje interpretado por Bruce Willis en la taquillera película “Duro de Matar”. El partido blanco arriba a sus 78 años fortalecido, con un gobernador como Alfredo Díaz salido de su prolífica cantera política y artífice de la unidad en Nueva Esparta. Desde esta acera enviamos nuestras más calurosas felicitaciones a la gran familia acciondemocratista. Aún queda mucha historia que protagonizar.
