jueves

EL CANDIDATO

Maduro llenó la Juncal, y entendí que la única salida es la frontera Hoy caminé desde Boquerón a la Juncal, rodeada de mucha gente que venía al mitin de Maduro, en el centro de Maturín.

No se cuantos fueron obligados y cuantos por voluntad propia, solo sé que estaban allí y que muchos de ellos a pesar de sus cuerpos flacos y desgarbados iban felices, como para una fiesta en un país donde al parecer todo el baile y alegría. Una vez en mi trabajo en plena avenida Juncal, desde mi oficina, asomada por la ventana, vi de todo baile, risas, puños en alto, gente lanzando billetes de 100 al cielo y muchos - muchísimos- cantando "todos con Maduro".

Al paso de la caravana de Maduro , quien iba como una reina inmensa y gigante, en un desfile de carnaval, junto a Cilia , Diosdado y los hermanos Rodríguez, todos gritaban y le lanzaban besos. Por ratos me pregunté si esa gente que estaba allí vive en el mismo país que yo, el país donde los sueldos no alcanzan y donde cada vez es más común pasar hambre, los vi y los detallé y me di cuenta que sí, que sí viven aquí, sus cuerpos flacos, sus ojeras de hambre, su ropa rota (lo único nuevo que se veía eran las franelas que repartieron temprano con el nombre de Maduro), en cholas y mal bañados, mal vestidos y mal comidos, pero ellos - por una extraña razón- ven la realidad distinta a como la veo yo, para ellos Maduro es su esperanza y su salvación.

No sólo son víctimas de un sistema, también son la razón de ser del sistema, son parte del problema y lo que impide una solución.

Entendí que si quiero darle a mis hijos una vida digna, tendré que abandonar el barco, pues no hay voluntad de cambio, ni del gobierno ni de mucha gente, y ni siquiera de quienes dicen adversar al gobierno que distraídos y entrampados juegan a la desunión y no terminan de entender quien es el verdadero enemigo.

Entendí que el hambre y la miseria están en el destino de Venezuela y que la única salida de quienes queremos vivir mejor es por alguna de las tantas fronteras de este país.

El último apagará la luz pero hoy, más que nunca, sé que ese último no seré yo.