Esperaré a que pase un perro. Con la intención de realizar mí acostumbrada caminata, me encontraba parado en la entrada del malecón de una playa popular de la ciudad Marinera en una situación de suspenso y pensando: ¿y ahora, hacia dónde voy? Voy hacia la derecha o hacia la izquierda. Esperaré a que pase un perro me dijera, y tomaré la dirección inicial que él tome. De repente, se aparece un perro huesudo, famélico, a toda carrera, asustadísimo; con el rabo entre sus raquíticas patas, con restos de esqueletos de pescado llevados en su hocico negro, que dejaba ver sus costillas pegadas a su cuero curtido por la grasa y el aceite de motor de lancha. Comienzo a seguir al flaco animal hacia la derecha; la dirección la cual él toma. En ese entonces la playa se encontraba muy concurrida, con un ambiente musical a full volumen de vallenatos románticos, con los infaltables bachaqueros; casi con rango constitucional, los anteriores buhoneros, hoy en día desplazados por estos, ofreciendo desde artículos de playa hasta alimentos y víveres; al costo, casi de un sueldo mínimo, sin ningún tipo de control. Y eso que había un policía; con cara de perro, pero, entretenido, revisando su negro y brillante celular de última generación. Sigo al animal ante de que se me pierda entre la concurrencia y empiezo a ver lo feo, pero lo bien feo: la suciedad y el abandono.
En donde pareciera que nunca han existido políticas de ornatos ni campañas de concientización para impedir que la basura le gane a quienes la recogen. Brillando la ausencia del rigor y la eficiencia. De repente, un conocido; con su cadavérica anatomía me saluda, diciéndome que la situación actual lo tiene ladrando como; un perro. Continúo siguiendo al animal y comienzan a aumentar más las decepciones al pasar por un lote enmalezado y de abandonados ranchos de metal, que anteriormente eran quioscos de ventas. Al lado, en un menesteroso y destartalado local improvisado; que da la impresión de abandono y pobreza, atendían a una pareja de turistas que comían unas sabrosas empanadas de cazón y bebían un refrescante papelón con limón en unos envases reciclados de frascos de mayonesa, que aún conservaba la pintura labial del consumidor anterior. Me dije para mis adentros - Lo que anteriormente era una hermosa playa, hoy día, luce como; una propia perra abandonada- El perro pasa de largo; con su lengua afuera, jadeando.
Le sigo, pasando por construcciones abandonadas y obras sin terminar que le dan la apariencia como una playa bombardeada. Camina por encima de servilletas amarillentas y otras de palido rojo y de papel toilette; mal olientes a orines rancios y sobre heces humanas fétidas de hace tiempo. Un espectáculo deprimente. Desidia. La pobreza era muy notable. Se me obnubiló la mente, pensando quién es más perro. Llegamos a una empobrecida estructura de madera enmohecida y podrida; casi, no, sino, totalmente olvidada, sin la más mínima condición de higiene.
El perro, suelta lo que trae en su boca, colocándoselo al lado, para compartir los restos que trae; a quien debe ser su dueño. Le lame los desnudos pies; debe ser para despertarlo – pensé-. El hombre se levanta, todavía con su rostro lleno de arena, estirando su flacuchenta humanidad, llevándose su escuálida mano derecha al bolsillo trasero de su harapiento resto de lo que era un blue jean, para extraer su botellita de un cuarto litro de ron y beber el resto que aún le quedaba de la noche anterior. Acaricia bruscamente el lomo grasiento de su fiel compañero en señal de agradecimiento, sentándose junto al animal a compartir los restos de pescados encontrados en la basura del restaurant de la entrada. Comprendía, rápidamente el valor de la amistad entre el hombre y el perro. Pero, que a su vez, me daba cuenta también que, no todo los dueños son fieles a sus perros, más sin embargo, todos los perros si son fieles a sus amos. En pocas palabras.