Estábamos
acostumbrados a la “movilidad psíquica”, a pensar que los hijos vivirían mejor
que los padres, y ahora esa esperanza se ha quebrado y se abre un periodo de
incertidumbre con malos presagios. Los jóvenes más cualificados emigran, el
desempleo aumenta, las tramas de corrupción y el exceso de incompetencia
provocan desánimo, no faltaba sino esa Unión Europea, que quiso construir la
Europa económica sin contar con la Europa social y la política, y eso es
imposible. Faltan voces que propongan caminos ilusionantes y viables.
Recuerda
que cuando iba a un colegio religioso, la culpa de todo lo malo la tenía el
demonio; cuando estudiaba la carrera, la tenía el sistema; después la tuvieron
la globalización, de nuevo el sistema y los mercados sucesivamente.
¿Es que
nunca nadie tiene responsabilidades en todo esto?, se pregunta. ¿Es que no hay
gentes con nombres y apellidos que toman decisiones desastrosas para la
sociedad en el mundo económico y en el político? Por esa costumbre de cargar
responsabilidades a otros, a fuerzas oscuras a las que no se puede pedir
cuentas.
Es un
estado de ánimo que se generaliza, sobre todo, entre los ciudadanos de la Unión
Europea al constatar que ya no son los poderes soberanos de jefes de estado o
de gobierno, parlamentos, partidos políticos, sindicatos.
Ni
siquiera la tan desacreditada opinión pública. Se generaliza un estado de
indefensión y de desconfianza porque ya no hay referentes por los que guiarse
ni las crisis económicas que padecemos, paro hasta límites inimaginables hace
unos años, recortes en prestaciones sociales, porque han fallado en la vida
pública valores como la transparencia, la responsabilidad, la sana costumbre de
rendir cuentas, los mecanismos de control de la economía y la política, la
buena administración de los recursos públicos, la preocupación por los peor
situados.
Esta es
una situación muy peligrosa porque, en circunstancias parecidas, la historia
nos demuestra que los pueblos desorientados buscan a salva patrias que les
ofrezcan seguridad, aunque sea a costa de la justicia y de las libertades.
La
economía no puede situarse más allá del bien y el mal moral, porque no solo la
componen esos misteriosos “mercados”, sino entidades financieras, empresas
nacionales y transnacionales, analistas, auditores, instrumentos políticos de
control, un conjunto de organizaciones con nombres y apellidos que han de
ganarse la legitimidad social generando bienes.
Y la
filósofa de la ética manifiesta su indignación porque recortar en prestaciones
a los más débiles es radicalmente injusto.
“Es un
estado de ánimo que se generaliza, sobre todo, entre los ciudadanos de la Unión
Europea al constatar que ya no son los poderes soberanos de jefes de estado o
de gobierno, parlamentos, partidos políticos, sindicatos...”
Fuente: elnorte.com
