Recorrer la zona norte en autobús se convirtió en una
discoteca ambulante.
El autobús
se aproxima a la parada de los Bomberos de Puerto La Cruz. Entre el barullo
resaltan los gritos del colector que advierte: “Central, Chuparín, Paseo
Miranda, 5 de Julio...Puerto... Puerto...”.
Los
pasajeros irrumpen en la unidad de transporte rápidamente y con ellos entran en
escena letras como: “Ay hombre olvidarla es imposible, ay hombre y esto para mí
es terrible...” “Por eso traigo cuatro rosas en mis manos”, resonados
vallenatos del colombiano Jorge Celedón que “aturden” entre parada y parada.
Así, entre
el calor que abrasa dentro del autobús, las músicas del género salsa y
reggaetón resuenan los oídos de las personas acompañadas de los gritos de los
colectores: “Hay puesto. Hasta el final del pasillo... Con aire, con aire en
los cauchos.”
En la
parada de Chuparín se monta Gaspar Arismendi, quien tiene ocho años dedicado a
la venta informal. “Buenos días. Hoy vengo aquí a venderle estos ricos
chocolates, rellenos de maní y almendras, que podrán encontrar en cualquier
establecimiento comercial en Bs.F 10 cada uno. Hoy se llevará dos por ese mismo
precio. Escuche bien: dos por Bs.F 10. Aproveche y llévele a su enamorado, hijo
o papá esta promoción”.
¿En ese recorrido va Sira Barrera, una
adulta de 60 años que lleva un dolor de cabeza y quiere llegar al hospital
César Rodríguez de Guaraguao rápido, el malestar se le incrementó entre el
desorden y pese a sus intentos de pedir auxilio sólo escucha. “Señora agarre un
taxi si no le gusta”.
La mujer
quien prefiere no entrar en enfrentamiento se queda tranquila y sigue el
recorrido.
El bus
cumple su ruta y los usuarios suben y bajan. Los “charleros”, denominados así
porque su negocio consiste en convencer de la compra con el don de la palabra,
trabajan diariamente en puntos estratégicos: las paradas de Bomberos, Central,
Chuparín, al cruzar, Costa Azul, y toda la avenida 5 de Julio de Puerto La
Cruz.
Para los
usuarios del transporte público, los “charleros”, el calor y la música a todo
volumen son el día a día de quienes utilizan el transporte público para llegar
a sus trabajos y hogares.
Desde la mañana, los principales sitios de abordaje de pasajeros en el eje
Barcelona-Puerto La Cruz sirven de punto de partida para comenzar el eterno
recorrido que cada día se ha convertido en una agonía que por necesidad deben enfrentar los usuarios.
¿Quién los controla?
Pese a las constantes denuncias improvisadas de
usuarios, no hay por parte de la Mancomunidad del Transporte normas que prohíban llevar música a exceso de volumen. Manuel Tocuyo, informó que por educación los
conductores deberían crear
conciencia y brindar un mejor servicio a los usuarios, sin embargo, esa situación no es penalizada.
"Ay
hombre, olvidarla es imposible. Ay hombre, eso para mí es
terrible", van coreando algunas personas. Se mueven, pero no al
ritmo del popular vallenato del intérprete colombiano Jorge Celedón, al
contrario, los que van sentados y los que van parados (y apretados) se
balancean de un lado a otro por las bruscas frenadas, aceleraciones repentinas
o giros imprevistos que hace el autobús.
Cantar
la "parada" en el último puesto del transporte es casi inútil. Los
altos decibeles de vallenatos, reguetón, merengues y otros ritmos latinos,
hacen imposible que el chofer o colector escuche. Una señora con
semblante de cansancio en su rostro se baja molesta del vehículo, no es para
menos, el bus la dejó a casi 20 metros después de su parada, porque el alto
volumen de la música opacó su voz.
Una
joven con varios niños se monta en el transporte, que tiene un letrero en el
parabrisas que dice "Intercomunal". Más tarde algunos jóvenes con
bolsos en sus hombros se suben también. El bus sigue su rumbo sumando cada vez
más pasajeros, entre ellos señores mayores, mujeres embarazadas, niños y
personas con discapacidades.
El autobús se llena al llegar a la parada Vista Mar, ubicada en la
avenida Jorge Rodríguez (antigua Intercomunal), un punto muy transitado por los
anzoatiguenses debido a que allí convergen varias arterias viales.
Unos
se bajan en ese lugar y, aunque el vehículo sigue lleno, la gente que
aguarda en la parada se dispone a subirse. Cualquiera pensaría que en ese
automóvil no entraría ni un alfiler, pero el colector (persona encargada de
cobrar el pasaje), siempre es optimista, de eso no hay duda. Grita a viva voz:
"Por favor avancen al final del pasillo, espalda con espalda". La
gente obedece, varios se quejan, pero la situación no trasciende.
Cuando
se monta la última persona, el autobús arranca. Una mujer va al lado del
colector, los dos van casi guindando en la puerta. En ese momento no hubo
caballeros que le cedieran su asiento a la dama.
Pero
éstas son sólo algunas de las peripecias que deben hacer los orientales para
trasladarse de un lugar a otro de la zona metropolitana de Anzoátegui.
El
mal estado de las unidades y el maltrato verbal que reciben los pasajeros
por parte de algunos conductores o colectores también hacen del recorrido una
experiencia poco agradable.
Quejas y más quejas
“Agarrar
un autobús es tétrico. Los asientos están rotos, hay autobuses que no tienen
ventanas y cuando llueve es horrible, da lo mismo no agarrar un bus porque
igual adentro también te mojas”, expresa Jennifer Rojas, quien es docente de 26
años de edad.
Esta
educadora habita en Tronconal V, un populoso sector de Barcelona. Su medio de
transporte son los buses y los carros "por puesto". Diariamente se
traslada desde su hogar hasta su lugar de trabajo, ubicado en Lecherìa,
municipio Urbaneja.
“También
hay conductores que son muy maleducados, no tienen respeto hacia las personas
mayores o quien sea, eso es lo que más me molesta, nos tratan como quieren”,
afirma la usuaria quien igualmente señala que existe mucha desorganización y
que además, no hay control por parte de las autoridades.
Una
opinión similar tiene Yakarí Vilera, estudiante de ingeniería de petróleo en la
Universidad de Oriente, núcleo Anzoátegui, quien día tras día usa el transporte
público de la ruta Alterna, para dirigirse a la casa de estudios.
“Los
choferes son maleducados, siempre tienen una ofensa y más para los estudiantes
que pagamos con tickets (pasaje estudiantil), se molestan y hasta te los rompen
en tu cara. Es horrible. Incluso, cuando cae la noche no los aceptan y eso no
es justo, nosotros no tenemos la culpa, somos estudiantes”.
La
joven hace hincapiè en una situación que observa regularmente. “Los autobuses
siempre van llenos”.
- ¿Te ha tocado ir cerca de la puerta?
-
Claro, me ha tocado ir muchas veces en la puerta, voy guindando, pero
¿qué más se puede hacer? Raro es ir sentada. Siempre voy parada y apretada con
los demás.
Además
de ir como “sardina en lata”, esta universitaria de 21 años de edad, oriunda
del estado Guárico, manifiesta que al llegar a su destino está desarreglada y
que su ropa absorbe el olor a monóxido de carbono que desprende el
vehículo.
“Antes
de salir de mi casa hacia la universidad, me arreglo, pero eso dura muy poco,
porque al llegar estoy sudada y con la ropa hedionda”.
