La congénita ingenuidad del venezolano, la cual
no choca naturalmente con su proverbial chispeante humor, y tenaz optimismo,
hace que cada campaña electoral sea marcada por un diluvio de promesas. Cierto
que los pueblos de otros países, de los inscritos en el club de los sistemas
“democráticos”, padecen igual síntoma. Pero, por lo general, a la hora de las
elecciones, hay respuestas que castigan con rigor a los encantadores de
serpientes. Esos que se fueron de feria, a ofrecer mejor salud, mas empleo,
seguridad, casas, baja inflación, y se instalaron en el poder sufriendo
inmediato y severo ataque de amnesia, son echados de los palacios de gobierno a
punta de votos.
Acá entre nosotros no es así. O por lo menos no
lo ha sido. El venezolano no ha podido desarrollar un buen mecanismo detector
de mentiras electorales. Su sistema inmunológico es tanto más resentido, cuanto
más vainas le echan. Pérdida de autoestima, indiferencia, hastío, ¡que sé yo!
Los candidatos, conociéndole desde hace tiempo, dándole fuertes dosis de
duplicidad y cinismo, y el pueblo doblando el espinazo. La relación parece a
uno de esos viejos matrimonios, en que la mujer ve y agranda todos los defectos
y vicios del marido, mismos que tenía desde el primer momento en que se
conocieron, para demostrar firmemente su voluntad de castrarle y canibalizarlo.
En esta especie de diálogo de sordomudos que mantienen
el gobierno y las oposiciones (porque está tan claro como el cielo de
playa Guacuco, que hay dos oposiciones, la que está fuera, y la que está dentro
del gobierno), se ha instaurado un verdadero torneo de ofertas electorales. Los
partidos y organizaciones de la llamada MUD, por labios de sus dirigentes, no
cesan un segundo de plantear las más variadas, risueñas y etéreas promesas. Los
dirigentes del Pesuve, los gobernadores bolivarianos, y los representantes de
Chávez en la tierra, Maduro, Jaua, Cabello y algún otro, no se atrasan tampoco
en ese festivo maratón de promesas y ofertas de toda clase para resolverle los
problemas puntuales y cotidianos de los venezolanos.
En todo caso, con una crisis recesiva de la economía,
como la que amenaza a la casi globalidad del planeta, y el abundante cúmulo de
problemas insolutos que agobia a los venezolanos, las ofertas electorales
crecen como monte. En lugar de fijarse en los resultados que arrojan los
sondeos y encuestas sobre los temas y problemas que más angustian a los
venezolanos hoy, se vierten en inmensos océanos de propuestas a cumplir una vez
pisen o se queden en Miraflores.
Más valdría seguramente al país, comprometer a
todos los candidatos, partidos y organizaciones, sin excepción alguna, para
montar un gran “Banco de Promesas Electorales”, a fin de que cada ciudadano,
con su cuenta abierta, pueda el día de mañana retirar alguna de ellas.
Fuente: eltiempo.com
